Colombia en el espejo.
El 8 de marzo de 2026, Colombia habló. No con entusiasmo, hay que decirlo con honestidad. Habló con una abstención que supera el 50%, con votos fragmentados entre decenas de opciones, con una ciudadanía que a ratos parece más resignada que decidida. Pero habló. Y lo que dijo merece ser escuchado con cuidado, sin el filtro de las narrativas que cada partido construye para explicar sus propios resultados.
Lo que Colombia dijo, en esencia es: que sigue buscando.
Que ni la promesa de refundación que llegó al poder en 2022, ni los partidos tradicionales que gobernaron por décadas, han logrado convencerla de que el problema está resuelto. ¡Y tienen razón!
NO HAY DIAGNOSTICO QUE DIVIDA, HAY RECETAS DE DIVIDEN.
Hay algo llamativo en el debate político colombiano que pocas veces se nombra: cuando uno revisa los programas de gobierno de los últimos seis candidatos presidenciales —de izquierda, de centro y de derecha— el diagnóstico es casi idéntico. Corrupción. Ineficiencia del Estado. Desigualdad. Desempleo. Salud en crisis. Educación que no abre puertas. Nadie discute que esos son los problemas. Lo que se discute —a veces violentamente— es la receta.
Y durante décadas, esa discusión sobre la receta nos ha costado muy caro. Nos hemos dividido en bandos, hemos gastado energía enorme en la guerra cultural entre «los de arriba» y «los de abajo», entre quienes quieren más Estado y quienes quieren menos, mientras los problemas reales han seguido creciendo con indiferencia ideológica. La pobreza no es petrista ni uribista. La obra inconclusa no tiene partido. La factura de salud rechazada le llega igual a todos.
CUATRO AÑOS DE GOBIERNO NOS DEJAN UNA ENSEÑANZA INCÓMODA.
No es una enseñanza exclusiva de este gobierno —sería deshonesto plantearlo así— pero sí es especialmente visible en este período: gobernar con buenas intenciones no alcanza. La voluntad de transformar, sin la capacidad técnica de ejecutar, produce frustración. Los presupuestos subejecutados, los programas bien diseñados que se pierden en la burocracia, las reformas que se traban no por malicia sino por falta de construcción política, son recordatorios de que el Estado colombiano no se transforma con decretos ni con entusiasmo.
Se transforma con método. Con gestión. Con rendición de cuentas real.
«Colombia no necesita un Estado más grande ni uno más pequeño.
Necesita un Estado que funcione.»
EXISTEN PRUEBAS DE QUE ES POSIBLE.
No es utopía. No es ingenuidad. En este mismo país, en ciudades reales, con presupuestos reales y funcionarios de carne y hueso, se ha demostrado que el Estado puede rendir. Que la plata pública puede llegar a donde tiene que llegar. Que es posible terminar un periodo de gobierno con menos deuda de la que se encontró, con más obras terminadas, con indicadores que mejorar en lugar de excusas que construir, así como lo hizo el ingeniero Rodolfo Hernández en Bucaramanga.
No hay que inventarlo. Hay que escalarlo.
2027: LA OPORTUNIDAD QUE MUCHOS NO VEN.
Las grandes narrativas nacionales —la presidencia, el Congreso, los grandes debates de fondo— capturan la atención. Pero la vida cotidiana de los colombianos no la decide el Senado. La decide el concejo que aprueba o no el presupuesto municipal. El edil que vigila o no la obra del barrio. El diputado que controla o ignora las regalías departamentales.
Las elecciones de 2027 son, para quienes entendemos la política desde lo local, el momento más importante del próximo ciclo. Es ahí donde se juega la calidad de la salud de primer nivel, el estado de las vías terciarias, la calidad de los colegios públicos, la honestidad en la contratación. Es ahí donde el ciudadano tiene más poder real —y donde ese poder está más desaprovechado.
Hay una Colombia que está lista para ese debate. Una Colombia cansada del ruido, que no quiere más polarización sino más resultados. Que no pregunta de qué lado está el candidato, sino qué ha hecho, qué puede demostrar y por qué habría que creerle esta vez.
A esa Colombia le estamos hablando. Y para esa Colombia estamos trabajando.